Hoy llevé a mi hija a dar su prueba de ingreso a 1º básico. Fue una experiencia bastante intensa, no sólo porque me parece increible que se someta a un niño a este tipo de exigencias, sino principalmente por lo que me pasó a mí al dejar a mi hija frente a niños, profes y una sala desconocidos pare ella (y para mí).
Y a pesar de que intenté hacer que la situación fuera lo más normal posible, al llegar al Colegio se notaron los consejos maternales que acompañaron su preparación de las materias. Gabriela, recitó de corrido, como una verdadera grabación, su nombre completo. Ahí me di cuenta que, al parecer, habiamos exajerado un poco la nota.
Al llegar a la sala, la fui a dejar a un banco en la última corrida, en el que acababa de llegar otra niña. Me despedí y, antes de irme, la miré por el vidrio de la puerta. La vi tan frágil, tan pequeña, como sin entender mucho de que se trataba esta sala si ella va todos los días a otra. Sus ojos miraban fijamente a las tías que, con algunos cantos, intentaban ganarse la confianza de los peques.
En su rostro me pude ver yo mismo todas las veces que me toca enfrentar cosas nuevas o que estoy ante situaciones desconocidas. Descubrí en su mirada toda la conexión que se puede tener con los hijos y como ellos nos hacen ver lo más profundo de uno. Quise no estar ahí. Tuve ganas de entrar en la sala, e irme con ella al parque a jugar todo el día. Pero también recordé todo lo maravillosos que fue enfrentarme a lo nuevo y descubrir la magia y el encanto de los caminos por recorrer. Con el corazón un poco apretado, me resigné a darle la posibilidad de difrutar de lo desconocido.
Luego de más de 2 horas volví por mi hijita a ver como había salido todo. Eramos varios los papás y mamás que nos agolpamos tras la puerta esperando a nuetros crios. Esperé pacientemente mi turno, hasta que pude tomar la mano de mi hija. De pasillo pude oir como los papás preguntaban a sus hijos ¿como te fue?, ¿qué te preguntaron?, como si se tratara de la PSU o el exámen para licencia de conducir. Ante tales comentarios, preferí preguntarle si se había entretenido y que tal era el resto de los niños. Luego, la dejé que jugara en unas barras, junto a otros niños, antes de volver a casa.
Su cara era otra, encantada porque habian salido al patio a jugar a la pelota. Me contó que los niños eran simpáticos y las tías entretenidas. Dijo que había sido como un día de escuela y que había hecho unas sumas y restas con unos bastones, tal como había aprendido en casa. Respiré profundo, me alegré con ella y contuve alguna lágrima de emoción por haber vivido un momento importante de su niñez (y mio), aunque ella no logre entenderlo del todo.
Ahora hay que volver a la tarde para más pruebas y luego esperar los resultados. Finalmente no sé si esto es peor para los niños o para los papás. Creo que para nosotros. Ya veremos que pasa, esto es sólo el comienzo.