Pimeros amigos.
El viernes pasado, al llegar a casa, me encontré que la niñas estaban jugando con un personaje que yo no conocía. Me acerqué a saludarlo y él, con el desplante de los niños de ahora, me dijo: "me llamo Gustavo, y me dicen Papelucho".
Efectivamente, su rostro delgado, sus mechas poco dóciles y su carita de juguetón, daban toda la razón a quien puso dicho apodo.
Con Gustavo, las niñas corrieron por el patio, salieron a la calle, fueron a su casa (que queda a media cuadra), volvieron, esperaron que saliera el pan del horno, hasta que llegó su papá a buscarlo. Quedaron de volver a juntarse e ir a ver a otra compañera de curso que vive cerca, la Sofia.
Al día siguiente, un par de toques en la puerta y aparece una figura ya conocida, Sebastián, que vive en la casa de al lado. Él es un poco más pequeño pero igual de simpático. A estas alturas ya no se hace problemas en ir a la pieza de las niñas o salir al patio a jugar a la casa de muñecas. Y cuando se anima, también se suma su hermano pequeño, Benjamín.
Como ven, casi sin darme cuenta, voy siendo testigos de como nuestras hijas comienzan a construir sus primeras redes de amistades y, como en muchas de las cosas que veo en ellas, vienen a mi memoria mis tiempos de niño cuando nos juntabamos en alguna casa a pasar largas tardes de juegos.
Mi propia historia es la que aparece. Son mis vívidos recuerdos los que están ahí cuando veo crecer a mis hijas. Parece que es como nacer de nuevo, y revivir los momentos de la infancia en las propias hijas. Ahora entiendo un poco más a mis papás y, sin duda, los siento mucho más cercanos ...
